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 Almeria
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Historia

A ojo de buen cubero, sobre la trama ferroviaria peninsular, Almería se sitúa en los antípodas de La Coruña. Estamos en el vértice suroriental de nuestra bien curtida piel de toro. Es, por estos confines, la última ocasión de asombro ante una estación ferroviaria que alguien ponderó como "un monumento al final del desierto".
Históricamente, fue la capital de Andalucía Oriental la última en ser alcanzada por el ferrocarril. Fue en el año 1893 cuando se levantó la estación, como obra de prestigio para la Compañía de los Caminos de Hierro del Sur de España, y fue fundada en 1899 con el objetivo de transportar minerales de Sierra Morena al puerto almeriense. La construcción de la línea entre Linares-Baeza y dicho punto costero se inició en 1892 y no concluyó hasta 1904.
El polifacético José Echegaray, Premio Nobel de Literatura, veló sus primeras armas de ingeniero de Caminos en la demarcación de Almería, donde fue delegado del Ministerio de Fomento. Fue él quien defendió la ley de 1870 que daba luz verde a la necesidad de dotar de ferrocarril dicha zona, antes discriminada de los planes ferroviarios. Con una antelación de treinta años, el francés Gaibrun había solicitado la concesión de un ferrocarril a Cádiz con derivación a Almería desde Granada.
En pos de semejante meta, primordialmente económica y de fomento minero, no es extraño que al principio se hablase de la estación de "Almería-Puerto". Se trata, efectivamente, de una nave con mascarón de proa, una instalación portuaria cuyo suntuoso diseño original puede que se debiera al mismo proyectista de la terminal de viajeros y demás. Para unos, por cierto, el autor no dejó su firma; Mercedes López, que alaba el cargadero de mineral como muestra estimable de arqueología industrial, afirma en cambio que el proyecto de la estación corresponde al arquitecto L. Fargue, también francés.
A 8,28 metros sobre el nivel del Mediterráneo, la estación de Almería se asienta sobre una especie de plataforma con sus vías sobrelevadas que discurren en dirección al muelle y el cargadero. Este recalce se explica porque había que evitar las avenidas periódicas de agua por las ramblas que atraviesan la ciudad hacia el mar, a cuya vertiente oriental se estableció el complejo ferroviario. Exlgencias de la infraestructura urbana que, por ejemplo, determinaron que la compañía de los Caminos de Hierro del Sur de España regalara a la ciudad el puente metálico que une desde 1925 la avenida de la Estación con la calle Méndez Núñez; el primero de los construidos sobre la Rambla de Belén. El obsequio era una contrapartida de la empresa al Ayuntamiento almeriense tras conceder el acceso permanente de los trenes al puerto.
En una operacion iniciada en 1988 y terminada en 1991 con cargo al Plan de Modernización y Equipamiento de Estaciones, se consiguieron restaurar estos casi 600 m2 de superficie construida. Su fachada, de 54 metros, tiene un cuerpo central rematado por una marquesina metálica de forma piramidal y revestido de cristal sobre bastidores en los testeros de ambos extremos, de los andenes y del acceso desde la calle, cuyas tres puertas en arco de medio punto se cobijan con voladizo también acristalado.
Encima, el reloj sobriamente enmarcado en labor de hierro. Dentro del vestíbulo pueden contemplarse ambas carenas acristaladas, mientras que el testero sobre el que se abren las taquillas se eleva, en arco de medio punto con falsas dovelas alternadas de ladrillo, el mural cerámico de Francisco Cañadas.
En la nueva sala de espera -antigua "sala de primera clase"- salieron nuevamente a la luz unos artesonados cerámicos ocultos por un falso techo colocado para el espacio habilitado un tiempo como cantina. En la fachada principal, entre las ventanas de la segunda planta, se repite en azulejos la 'A" (de Almería) con el típico grafismo vasco en txapela, lo que parece un aporte de los artesanos de aquellas tierras que inteivinieron en la construcción. En el curso de las tareas de remozamiento quedó esclarecido que la firma constructora de la estación, y específicamente de la cubierta metálica, fue Fives-Lille.
La Guerra Civil afectó a la integridad del edificio, y así, la balaustrada de ladrillo que contornea el remate superior tuvo que ser reconstruida tras los bombardeos de aviones alemanes. Asimismo, bajo la estación se improvisaron dos refugios antiaéreos, cuya entrada quedó al descubierto con la reforma de 1988-1991.
Con un lejano deje de afrancesamiento, la estación de Almería brilla con luz meridional en sus decorativas cerámicas de vivos colores, azules, rojos y verdes; en el ocre pintado en sus paredes rebordeadas por la estructura metálica con tonos grisáceos y verdosos. Un agradecido espectáculo que justifica un viaje a esta esquina de Europa.


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